lunes, 16 de noviembre de 2020

Synchro, el fin del mundo de las drogas

 

Synchro
El fin del mundo de las drogas
JMS Guitián
Editorial Kolima



Un thriller sorprendente, turbador, que ya está siendo 
adaptado a serie de televisión


¿Probarías una nueva droga, inocua, barata, legal, sin efectos secundarios y 100% tecnológica?

Julián Konks y Anthony Somoza son dos genios informáticos de veinticuatro años que han creado un algoritmo basado en Inteligencia Artificial capaz de modificar y controlar las emociones humanas desde una App. Se llama Synchro y funciona a través de un microchip que se ingiere en forma de bolita de gelatina negra; un minuto más tarde, conectada por Bluetooth a un dispositivo móvil, es capaz de generar cualquier emoción a la carta.

La llegada de esta tecnología es una revolución en el mercado mundial de la drogas que mueve 390.000 millones de euros al año. Los carteles saben que esto va a suponer la caída de sus imperios y nadie se va a quedar quieto contemplando el fin del mundo de las drogas.

México y Estados Unidos son los lugares donde se desarrolla la trama de esta inquietante historia que puede estar sucediendo en este momento. Esta tecnología que va a cambiar la vida de la Humanidad ya existe, solo era cuestión de tiempo que alguien diera con la fórmula.

Adelántate al futuro. ¿Te atreves a probar Synchro? Así comienza:

Se llevó el dedo pulgar de la mano izquierda a los labios y mordió la uña, pero sin arrancarla, como un roedor que prueba la dureza de una nuez verde y la abandona; luego se mesó el cabello claro y lacio, y se tiró del lóbulo de su oreja. Todo un conjunto de tics nerviosos que repetía una y otra vez delante de sus dos pantallas de quince pulgadas mientras trabajaba, o cuando se quedaba quieto comprobando los detalles. eran tres desórdenes nerviosos seguidos con los que el cuerpo se movía repetidamente, rápido y sin control. Morderse las uñas, tocarse el pelo y tirarse de la oreja, algo normal por separado, pero tres tics que juntos se habían convertido en un rasgo de su ser. Este desorden transitorio nervioso afectaba a Julián desde hacía por lo menos dos años, pero ahora se le estaba acentuando. él apenas se daba cuenta y lo achacaba al estrés cuando se lo comentaba Anthony, su compañero, quien había calculado que la repetición de ese bucle espasmódico alcanzaba ya las cien veces al día.